oct 26 2011
¿Qué hacías cuando te enteraste del ataque a las Torres Gemelas? ¿Qué hacían tus padres cuando se enteraron del asesinato de JF Kennedy?
Os adjunto aquí mi último artículo para Learning Review: ¿Alguien NO se acuerda de lo que hacía cuando se enteró del ataque a las Torres Gemelas…?
¿Cómo aprendemos y retenemos información los seres humanos? Necesitamos saberlo si pretendemos que alguien aprenda algo con nosotros, ya sean nuestros hijos, compañeros, colaboradores o alumnos…
Para poner todo en primera persona y que resulte más próximo a nuestra experiencia vital, te ruego que pienses ahora qué hechos son los que recuerdas mejor en tu vida.
¿Qué momentos o experiencias han dejado más huella en ti? ¿Qué se te ha marcado a fuego? Por favor, recuerda un par de esos acontecimientos antes de continuar.
La gran mayoría de la gente responderá a esta pregunta diciendo: mi primer amor, el día de mi boda, el nacimiento de mis hijos, alguna victoria importante en cualquier terreno (social, profesional, deportivo, etc.). O bien: mi primer fracaso sentimental, la muerte de algún ser querido, alguna gran frustración. Hechos y sucesos que llevaron aparejados una gran carga emotiva.
Si esto lo ligamos a un momento global, en el que todos podamos ‘encontrarnos’, el 100% de nosotros recordará muy bien qué hacía cuando se enteró del ataque a las Torres Gemelas o, en el caso de nuestros padres, el 100% de ellos recuerdan muy bien qué hacían cuando supieron que el hombre había llegado a la Luna o se enteraron de que alguien había asesinado a JF Kennedy.
¿Por qué sucede esto? Porque eran instantes de mucha intensidad emocional.
Ahora bien, ¿cómo recuerdas esos grandes momentos? ¿De qué forma? ¿En blanco y negro? ¿En color? ¿Cómo fotos fijas? ¿Dinámicamente? ¿Con sonido? ¿Con sensaciones organolépticas? Te ruego que lo pienses unos segundos y, después, sigas leyendo.
Lo más habitual es hacerlo vívidamente, de una forma muy completa y eficiente. No es nada infrecuente poder regresar a esas experiencias y, mentalmente, refrescar sonidos, músicas, olores, sensaciones. Tampoco es raro que suceda lo contrario: un estímulo externo nos retrotrae a alguno de esos momentos. Por ejemplo, al oír un melodía determinada o percibir un aroma concreto, uno se acuerda y revive tal o cual hecho en que dicha música o ese olor estaban presentes, y al que han quedado indisolublemente anclados. Si la experiencia fue positiva, se recrea recordándola y vuelve a sentir lo que sintió entonces, por un instante. Si no lo fue, huye del estímulo que la trae de vuelta, intenta apartarse de él.
Todo esto nos indica que nuestra mente procesa la información de una forma muy selectiva. No es como un ordenador, en absoluto. Tiene sus propios filtros y niveles de percepción, muy interconectados con las emociones que provocan, en nosotros, los diferentes estímulos recibidos. En concreto, las experiencias ligadas fuertemente a sentimientos (mejor si son positivos), se asimilan, tratan, aprenden y recuerdan mucho mejor que las que no lo están.
Por supuesto, también se puede memorizar información que no provoque emoción alguna: a todos se nos ocurren infinidad de situaciones en que hemos debido hacerlo. Pero eso, las más de las veces (por no decir todas) no constituye un verdadero aprendizaje: es más bien un mero acopio de datos que retenemos de forma imperfecta y muy efímera.
En cambio, si algo nos impacta, si nos provoca una reacción emocional (tal como, por ejemplo, satisfacción, alegría, sorpresa, dolor ante un error, desconcierto, etc.) es aprendido y almacenado con mucha mayor rapidez. También lo retenemos muchísimo más tiempo (a veces, de modo permanente): es perdurable. Si algo realmente nos atrae o nos sorprende, si nos hace vibrar, lo asimilamos rápidamente y ponemos en práctica lo aprendido con eficiencia… aunque existan algunas dificultades, aunque nos requiera un cierto esfuerzo lograrlo.
Ya lo dice la sabiduría popular, cuando alude a hechos o situaciones que nos asombran o nos alteran de algún modo, con frases como: ‘esto no se me olvidará en la vida’ o bien: ‘aquello ya lo he aprendido para siempre’ y expresiones del tipo: ‘este es un hecho memorable’.
En este aspecto, es muy destacable comprobar cómo la mayoría de personas de edad avanzada, por muy clara que tengan la mente, recuerdan y saben desarrollar mucho mejor habilidades que aprendieron cuando eran jóvenes, que otras que se les han enseñado el día anterior. El argot popular llama a esto explicar batallitas pero, en realidad, bajo esta aparente banalización se esconde una respuesta cognitiva muy compleja y muy común en los Seres Humanos. ¿Por qué sucede así? Pues, precisamente, porque parte de lo que se aprende en edades tempranas está fuertemente ligado a emociones que, en la juventud, están en plena efervescencia. Eso marca muchísimo más que lo que se conoce de muy mayor, cuando la mayoría de las personas tienen su capacidad de sorprenderse y apasionarse bajo mínimos.
Si los sentimientos humanos son estrictamente personales e intransferibles, el proceso de auténtico aprendizaje, tan íntimamente ligado a éstos, también lo es. Es un mecanismo único y funciona de modo diferente en cada individuo.
Así, cada persona debe ser protagonista de su propia formación. Si no lo es, si no se implica, si no se siente arte y parte en el proceso pedagógico, no puede experimentar emoción alguna (su propia emoción, como él y sólo él la siente, no la del vecino) y, por tanto, el procesamiento y posterior uso de los conceptos resulta deficiente. La educación es incompleta. La buena formación debe transformar al estudiante en alguien muy proactivo, nunca puede permitirle ser pasivo. El aprendiz debe trabajar en gran medida, no se puede trabajar por él (aunque sí facilitarle la tarea, eso por supuesto).
Aprender es descubrir. El descubrimiento de algo provoca reacciones individuales, no trasladables, del tipo que se necesitan para desencadenar todo el complejo mecanismo de la buena formación. Un explorador siempre se siente protagonista y figura destacada en de su propia expedición.
No se puede enseñar nada a ningún hombre, simplemente podemos ayudarle a descubrirlo por sí mismo
Galileo Galilei (1564-1642)
Estudiar tiene que divertir, estimular, ser algo parecido a un reto deportivo. Los alumnos de un programa deben ser fidelizados a las materias en las que deben formarse, al menos mientras dure el curso. Es necesario que noten un gusanillo que les impulse a no abandonar fácilmente el propósito y les permita sortear los problemas que surjan.
Cuando diseñes cualquier proceso formativo, asegúrate de que el protagonista sea el alumno: que se emocione y se sorprenda, que él trabaje, que él piense, por sí mismo, y que él construya su propio conocimiento. No debes hacerlo tú: sólo él podrá (o no) realizarlo. Que él tienda sus propios puentes mentales entre las islas de información que tú le des. Tú debes ser un guía que le muestre ciertos hitos en el camino, que le proveas de recursos inspiradores, pero la senda debe andarla él, sólo él.
Nunca aburras a un estudiante. Nunca aburras a tus hijos. Es un gravísimo error. Como dijo Giovanni Papini: no existen malos estudiantes, sólo malos profesores.











