Dic 06 2009
¿Se puede suspender, Sr. Decano?
Aunque mi trabajo no es el de profesor universitario, sino el de consultor corporativo, estoy muy ligado al mundo académico y tengo la suerte de impartir clases en dos centros de formación superior españoles, de forma habitual, y otros dos centros extranjeros, de manera esporádica. Digo que es una suerte porque considero que la docencia es una actividad apasionante, trascendente, creativa y además divertida, al menos para mí. Me permite estar en contacto con los jóvenes de hoy, que están a punto de incorporarse al mundo laboral (en programas de pregrado) o ya lo han hecho (en programas de Máster), vivir la universidad, dirigir un grupo de investigación formativa muy competente y aprender cada día.
En términos universitarios, soy doctor profesor asociado (en España) o profesor visitante (en el extranjero) y ello posibilita estar en contacto muy frecuente con catedráticos y docentes a tiempo completo, participar en proyectos conjuntos pero seguir dedicándome a mi empresa. También implica conocer la labor cotidiana de los académicos y compartir con ellos mesa y mantel, algunas veces. En mi modesta opinión, la mayoría son personas muy interesantes, conversadores inteligentes, gente honesta y trabajadora.
Entre las cosas que me cuentan, hay una que llama mucho la atención y que, a veces, yo mismo también percibo: desde hace algunos años, una parte importante de la sociedad ve muy mal que se suspenda a algunos alumnos, aunque se lo merezcan. Es decir, planea en el ambiente externo una sensación de que el estudiante tiene derecho a aprobar, porque paga, y debe obtener su título, porque es un cliente de la entidad educativa.
Por ejemplo, en mi país muchos políticos relevantes defienden la posibilidad de que un alumno de enseñanza obligatoria pueda pasar de curso con cuatro (sí, sí, con cuatro) asignaturas suspendidas y de que los centros de enseñanza superior sean premiados si las calificaciones de los estudiantes son muy altas. Cuanto más altas las notas, mejor subvención para la entidad. En el límite, si todos los estudiantes sacan Matrícula de Honor (lo merezcan o no), deberíamos ovacionar al centro y llenarle de dinero.
Alguno de mis colegas universitarios me explica que, a veces, ha tenido la tentación de preguntar a su jefe: ‘¿Sr. Decano, realmente se puede suspender a los que no saben?’. Afortunadamente, las universidades donde yo imparto clases son sitios muy serios y la respuesta sería siempre la misma: ‘No sólo se puede, Sr. Profesor, por supuesto que se les debe suspender, si no estudian ni se esfuerzan’.
¿No le parece al lector que esta cierta presión político-social (de algunos sectores) por aprobar a todos, es un disparate tremendo? ¿Ocurre en otras latitudes o sólo nos sucede en España? Esta forma de proceder, ¿va a provocar lucha y sacrificio en los nuevos alumnos o va a crear generaciones de ignorantes, vagos, acomodados y malcriados? ¿Tendrán la culpa los chicos que se pasen la vida de copas o de juerga, si van a obtener su título igualmente, o tendremos la culpa sus mayores? En mi opinión, la mayor responsabilidad por la aparición de jóvenes consentidos y poco preparados la tienen, siempre, los mimadores: si no se les educa en el esfuerzo y se les regala todo… ¿por qué van a pelear? Es más cómodo no hacerlo y dedicarse a la dolce vita, evidentemente.
Tengo la suerte de dar clase a alumnos prudentes y, en general, bastante estudiosos. La mayoría superan mis asignaturas en primera convocatoria. Cuando alguno no es aplicado, le suspendo como me suspendían a mi (y a todos los de mi generación y anteriores), si no me preparaba adecuadamente. Como imparto alguna asignatura obligatoria, los estudiantes matriculados en ella necesitan aprobar para terminar la carrera y les explico que no lo conseguirán, si no trabajan. Y me quedo con la conciencia muy tranquila: me niego a ser cómplice de la creciente tendencia a aportar zoquetes al mercado laboral y veo que mis colegas próximos también se niegan. Pero hay mucha gente que no les entiende y, entonces, soy yo el que no entiendo a esa gente.
‘Tumbar’ a alguien que lo merece no es agradable pero supone hacerle un favor y realizar un ejercicio de responsabilidad social. Lo pienso sinceramente. La vida no mima a nadie: es dura y realista. Si los jóvenes de hoy no aprenden a tropezar y levantarse por sí mismos, sin demasiadas ayudas (sólo las necesarias), lo van a pasar muy mal, máxime con la crisis que sufrimos. Y si sus padres les consuelan a cada dificultad, les ponen el hombro para que lloren y echan la culpa de sus fracasos a los profesores, están idiotizándoles con gran rapidez. El mundo profesional no es complaciente con los blandos y los acomodados: prima la eficacia y la tenacidad ante los problemas. Por ello hay que formar a hombres y mujeres, no a niños.
No pretendo ser alarmista ni incendiario pero creo que, entre todos, estamos haciendo un flaco favor a las nuevas generaciones, a las que tienen que llevar este mundo adelante. Muchos de estos chicos sólo exigen sus derechos y no ven sus deberes: tienen derecho a aprobar porque sus padres pagan, tienen derecho a un sueldo porque consiguieron un título, tienen derecho a vacaciones y a puentes porque trabajan cinco días a la semana, tienen derechos y derechos… pero poquísimas obligaciones. Y los reclaman porque sus educadores les consienten todo y les dicen que son maravillosos, porque sus padres les consuelan al mínimo contratiempo y les sobreprotegen excesivamente.
Vamos a ver si podemos reflexionar y cambiar esta tendencia, entre todos, porque es muy peligrosa. ¿Han visto la película Pinocho? Si su protagonista mentía, le crecía la nariz. Si los niños jugaban todo el tiempo, se peleaban y no estudiaban, les crecían orejas de burro. Si persistían en esta actitud, acababan por transformarse totalmente en burros. Gran obra.
Aprendamos de Pinocho y queramos a nuestros chicos de verdad, con amor auténtico, enseñándoles a esforzarse y sacrificarse, dándoles algún que otro palo si no lo hacen, felicitándoles si lo logran. Eso es ayudarles y brindarles un verdadero futuro, no aprobarles porque sí ni cerrar los ojos cuando se equivocan. Ya nos lo explicaron Gepetto o Pepito Grillo: ambos crearon a un Pinocho de verdad, tratándole siempre con cariño pero también con firmeza.








Considero que en el fondo subyacen por un lado, la carencia de figuras de autoridad (maestro, padres…) y la minusvaloración de valores como el esfuerzo, la honradez, la dignidad, el trabajo bien hecho, que llevan a nuestros jóvenes a fijarse en modelos de “éxito fácil”. La responsabilidad de esta situación debe ser compartida entre políticos, padres, docentes y sociedad en general, porque el fracaso de los más jóvenes es un fracaso de todos.
Un saludo
Hola Pedro
Estoy totalmente de acuerdo contigo. Y programas como Gran Hermano, no ayudan nada.
Un abrazo,
Íñigo
Coincido con vosotros dos.
La educación superior está en clara crisis. A ver si los profesores que venís de fuera nos aportáis, a los que estamos todo el día en la universidad, aire fresco y un mayor nivel de contacto con la realidad y con las exigencias de las empresas, porque en el mundo académico español hay una desconexión muy grave con el entorno.
No digo en qué universidad trabajo porque no les gustaría este comentario, pero es la verdad.
Un abrazo, Íñigo, y sigue diciendo las verdades, aunque duelan.
Sofi
Muchas gracias, Sofi. Ojalá ciertos dirigentes lo viesen tan claro como tú.
Un abrazo,
Íñigo
Profesor Babot,
Ojalá todos nuestros profesores fuesen como usted y el profesor Martí. Qué pena que la uni no contrate más profesores de empresa y no tantos bibliotecarios.
Salu2
El problema se presenta cuando el profesor pretende poseer la verdad, es mas, pretende poseer la verdad incluso fuera del ambito de su asignatura, convirtiendose en una especie de protector de la humanidad con derecho a filtrar aquellos especimenes que no son como el (idolatrandose a si mismo en lo mas de la soberbia).
Estos profesores salvapatrias son el mayor cancer que tiene nuestra universidad y se convierten en un verdadero filtro ideologico.
Todos debemos saber relativizar y entender que hay otros puntos de vista, y que, quizas, ese alumno que suspende según nuestros criterios, podría aprobar con nota según otros criterios igualmente validos. Ejemplos nos da la historia de alumnos en apariencia mediocres que luego han resultado genios, prueba inequivoca de que los mediocres eran sus profesores.
La mediocridad abunda entre los profesores aún mas que entre los alumnos, la diferencia es que hacen mucho mayor daño a la sociedad.
Gracias por vuestros comentarios, Alumna y Salvador.
Alumna, te agradezco lo que dices pero, aún así, yo creo sinceramente que hay muy buenos profesores en los sitios donde doy clase, con conocimientos importantes de empresa.
Salvador, estoy totalmente de acuerdo contigo. Como profesor del método del caso, creo que la humildad es esencial para que los propios alumnos no te den un revolcón durante la clase, y eso intento practicar. Creo que la figura del profesor de casos es más la de moderador o conductor, nunca de oráculo. Estoy de acuerdo en que los profesores dogmáticos hacen mucho daño pero, desde mi punto de vista, cada vez hay menos de esos (máxime desde la aparición de las herramientas web 2.0, que nos dan a todos muchas más armas para contrastar lo que se nos dice).
Un abrazo a ambos,
Íñigo
Estoy de acuerdo en que los profes dogmáticos hacen pupa a la sociedad. Pero no en que haya más profes mediocres que alunos. Y soy alumno y sufro varios profesores pésimos.
Unos y otros son reflejo de la sociedad y de su generación: hay tantos mediocres en un ámbito como en otro, no menos ni más. No exageremos.
Lo que creo que no se puede hacer, en ningún caso, es lo que se insinúa en un comentario de ‘aprobarles porque la vida ya demostrará si eran buenos o no, como lo demostró con algunos genios’. Los genios son la excepción pero para los seres corrientes, la vida funciona con normalidad: los alumnos que no estudian, conociendo las normas, merecen no aprobar. Si no, que no se matriculen y que prueben a ver si ‘la vida recompensa su genio innato, que los pobres no pudieron demostrr en la universidad’ pero que no intenten sacar títulos sin esforzarse ni ir de listillos y esperar que les regalen las notas: eso no funciona y no debe funcionar. No sería nada justo.
Yo estudio y me esfuerzo. Hago Ingeniero de Caminos y cada año me quedan algunas colgadas.
En las asignaturas en que todos aprobamos, ndie se lo toma en serio y nadie aprende. Los maestros no son respetados, no hacen mejorar a nadie y eso es malo.También es malo que suspenda la mayoría de la clae: entonces el profe es el nefasto. Pero un término medio es necesario. Es mi opinión.
Íñigo,
Estoy muy de acuerdo con lo que dices, la sobreprotección es una sentencia fatal para nuestros hijos, pero tristemente no es un problema sólo de España.
Ya hace años estudié un Master en la Columbia University de Nueva York.
Tuve una gran decepción al descubrir que había algunos “grandes fichajes” (profesores muy buenos, de primer nivel) y muchos profesores “normalitos” (con un nivel inferior a grandes profesores que yo había tenido en la UAB), incluso había muchos “profesores ayudantes” en el curso de primer año.
Como yo estaba haciendo un gran sacrificio (económico,de tiempo, y de energía) para cursar ese Master, pedí cita con el decano de la escuela y le expliqué el motivo de mi decepción. Le dije que incluso estaba pensando en abandonar el master, ya que había dejado un buen trabajo y estaba dejando mis ahorros en un curso que yo consideraba que no estaba al nivel de toda una “Columbia University”.
Mi sorpresa fue ver cómo el decano me explicó que no podían permitirse que una alumna “dejara” el master, y para evitarlo, (previa presentación de un montón de documentos) me convalidaron un año entero de Master, “para que así pudiera escoger los profesores de segundo curso” (que eran los “fichajes” que tenían reservados) y que servían de reclamo para que los alumnos escogieran ese Master.
Aprendí algo del Master, pero sobretodo aprendí a desmitificar la institución, y comprobé cómo el 100% de los alumnos aprobaban, aunque la calidad de sus trabajos fuera cuanto menos dudosa.
Ahora soy madre de 3 hijos (en edad preescolar), y te aseguro que el tema del esfuerzo lo tengo muy presente.
Mi marido es médico y a menudo comenta que un alto porcentaje de los pacientes adolescentes y jóvenes que le llegan a la consulta con síntomas de “problemas digestivos”, en realidad, el problema que tienen es que el mundo real les está pidiendo esfuerzo, mientras ellos han crecido sin oír un “no” y con gran sobreprotección.
Si quieres, es una anécdota, pero creo que muy significativa, de cómo la sobreprotección puede llegar a pasar factura.
Juanjo, el tuyo me parece un punto de vista muy centrado y coincido contigo en que los profesores muy blandos no convencen a nadie.
También estoy de acuerdo en que eso de que ‘a los vagos ya les suspenderá la vida’, no vale.
Gracias por tu aportación y un abrazo,
Íñigo
Hola Teresa.
Me ha interesado muchísimo tu mensaje y también me ha sorprendido: yo tampoco me esperaría algo así de toda una Columbia University.
Es una pena que se regalen los títulos: todo lo que se regala, a nivel académico, pierde mucho valor. A la larga, la institución también pierde mucho prestigio, se sabe que sus graduados no han tenido que esforzarse… y se contrata a otros que provengan de centros más exigentes.
Un abrazo y muchas gracias por tu mensaje,
Íñigo
Hola.
Sobre mi comentario anterior, quiero añadir que no esta nada clara la función del profesor. En apariencia y legalmente, su función es formar al alumno en la materia de la que es titular, sea matematicas, fisica, optica o mecanica estadistica ….. tambien se habla de formar al alumno de forma “integral” y otras vaguedades. El caso es que cuando los docentes se ponen frente a los alumnos, muchos, no pueden reprimir sentar catedra sobre temas que poco tienen que ver con lo que deberian impartir, intentando impregnar a los alumnos de sus propias ideas. Os refiero el caso de un profesor de Termologia, que tenía cuando estudiaba en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada, del Opus Dei, para mas señas, y que tenía 500 alumnos repetidores, mientras el otro grupo, del mismo curso pero con otro profesor, solo tenía 25. ¿Es que al primero le tocaron todos los vagos, mediocres, vividores etc. de la promoción? No, el problema era que el (el profesor) examinaba actitudes y no conocimientos y ya os podeis imaginar las actitudes que eran de su agrado.
Mi mujer es profesora de instituto y me muevo entre docentes de secundaria y noto aún mas acentuado este tema, mas hiriente por cuanto se trata de adolescentes facilmente influenciables y a los que cualquier arenga medianamente locuaz se los lleva de calle.
Resumiendo, en mi opinión, aquellos que nos dedicamos a tiempo parcial, como es mi caso, o total, debemos evitar, en lo posible, el alienamiento haciendo una enseñanza muy tecnica y, en todo caso, transmitiendo valores universales cuando vengan a cuento.
Saludos.
Gracias por tu aportación, Salvador. En realidad, creo que todas estas opiniones coinciden en lo fundamental.
Un abrazo,
Íñigo
Me gustó mucho el artículo Dr. Babot. En Colombia mi páis pasa igual.
Encuentor su blog muy interesante Sr. Babot.
Es por ello que, con su permiso, voy a incluirla en el listado de mi blog “Todo e-learning”.
Saludos cordiales!
Alicia Cañellas.
http://www.acanelma.es
Muchas gracias, Alicia. Estaré encantado.
Un abrazo,
Íñigo